Funerales exprés y árboles en vez de tumbas, los nuevos ritos de la muerte

“London Bridge is down”. ​Ese es el nombre del operativo ideado por la Reina Isabel II de Gran Bretaña para el día de su muerte.

Todo está perfectamente planeado: el secretario privado de la Reina llamará al Primer Ministro, quien elevará la noticia a los 15 Gobiernos de los países en los que Isabel II es Jefa de Estado y de los otros 36 estados del Commonwealth. La BBC emitirá un comunicado a todos los habitantes de Gran Bretaña que comenzará diciendo: «This is the BBC from London» (Esta es la BBC de Londres).

La Operación prevé distintos escenarios para la despedida según dónde se encuentre la Reina al momento de morir. Si está en Escocia, su cuerpo sería llevado a Londres en tren. Si la muerte la sorprende en el exterior, su cuerpo volvería a bordo del Royal Flight.

El día de la muerte será llamado “Día D”. El funeral comenzará a las 11 de la mañana del día 9 en la Abadía de Westminster, con 2.000 invitados elegidos especialmente por la Reina. Luego, el féretro recorrerá los 40 kilómetros hasta el castillo de Windsor, donde la Reina será sepultada.

Aunque, está muy claro, no hace falta ser una de las monarcas más longevas y reconocidas del mundo para decidir cómo queremos ser despedidos de este mundo. Pero, a decir verdad, son muy pocos aquellos que tienen en mente qué quieren para su muerte.

Los rituales fúnebres y las costumbres alrededor de la muerte para muchos son una manera de no olvidar al que se va. En la película Coco, de Disney-Pixar, la canción de la banda de sonido repite una y otra vez “Recuérdame”, y durante el desarrollo de la trama que se lleva a cabo en México, un país que de honrar a sus muertos sabe mucho, uno de sus personajes explica que nuestros ancestros sólo pueden seguir habitando la tierra de los muertos mientras los mortales que los conocieron los tengan entre sus deseos, rezos, palabras y (claro) recuerdos.

Lugar común

¿Qué pasa cuando nos morimos? ¿Es el fin o hay algo más? ¿Hay -como plantea la serie The Good Place– un lugar bueno y un lugar malo al que vamos una vez que abandonamos esta tierra? Estas y muchas otras son preguntas reiteradas que habitan la mente de cualquier mortal.

A algunos les despierta curiosidad en la niñez con la muerte de algún familiar cercano o una mascota, a otros simplemente cuando sienten retumbar de cerca el irremediable destino final. Y es un interrogante con tantas preguntas (e ínfimas respuestas) como personas en este mundo.

Hernán Vizzari, historiador del Cementerio de la Chacarita y Costumbres Funerarias Porteñas, y Personalidad Destacada en el Ámbito de la Cultura 2017, considera que “la cremación se volvió algo más práctico porque muchas personas en vida deciden que sus cenizas sean esparcidas en algún lugar de pertenencia o agrado”.

Nadie camina sobre mi tumba

En Chacarita, el abandono está a la vista. El cementerio fue inaugurado en 1871 a causa de la fiebre amarilla que azotó a la Ciudad de Buenos Aires y obligó a tener un nuevo espacio donde inhumar a la gran cantidad de víctimas de la epidemia. Fue diseñado entre 1882 y 1886 por el arquitecto Juan Buschiazzo.

Para Vizzari, “el deterioro del cementerio se debe a que no se piensa a nivel patrimonial, sino como un gasto, algo que está ahí y cuyo único movimiento son muertos. Ni Chacarita ni Flores son depósitos de cadáveres, son museos a cielo abierto, como es la Recoleta”.

Chacarita cuenta con 95 hectáreas, nueve puertas de entrada y más de 20.000 inhumaciones anuales: es el cementerio más grande de la Ciudad. Allí funciona el Crematorio municipal, donde se realizan, en promedio, 13 mil cremaciones por año. Se calcula, según datos oficiales de la Dirección General de Estadística y Censos porteña, que hay más de 460 mil cuerpos sepultados en Chacarita.

Consultado por Clarín sobre la disminución de público, Vizzari cree que el deterioro no ayuda a que la gente lo quiera visitar: “No se pierde la costumbre de ir al cementerio si tenés un lugar óptimo para que tu muerto descanse en paz. Mientras eso no sea tenido en cuenta por parte de quienes deben mantenerlo, obviamente el cementerio va directo a un potencial abandono. Y por ende, la gente no va a tener ganas de entrar”. La fórmula parece sencilla.

El Cementerio San José de Flores fue inaugurado el 9 de abril de 1867. Tiene 27 hectáreas y está delimitado por las calles Balbastro, Varela, Castañares y Lafuente. Originalmente ocupaba una pequeña superficie sobre la calle Balbastro, entre las prolongaciones de Castañón y San Pedrito. En 1903, la Municipalidad adquirió tierras aledañas para su ampliación. Estos terrenos solo serían ocupados al promediar la década de 1930. El último ensanche ocurrió en 1979 con la construcción del llamado “Cementerio Parque”, al norte de la calle Balbastro.

En Flores, que actualmente aloja a más de 138 mil cadáveres, hay una cuestión particular y es que creció considerablemente la asistencia de la comunidad boliviana que vive en la zona y le rinde culto a sus seres queridos de manera muy activa. Incluso, el 2 de noviembre, cuando se celebra mundialmente el Día de los Muertos, hay una gran convocatoria en el cementerio que se tiñe de colores estridentes, se llena de velas y de familias reunidas alrededor de las tumbas.

En la Argentina hubo también una época en la que la Policía tenía que organizar la salida y la entrada de gente a los cementerios en estas fechas. Hasta hace 30 años, llegaban a asistir 200 mil personas. “Por estos años, los pasillos se ven casi desiertos en Chacarita en el Día de los muertos, casi como un día cualquiera”, agrega Vizzari.

Por: Candela Martin – Clarin.com